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Desde el vientre... ¡expresa sus emociones!

¿Sabes cómo se producen y modifican? 


Miedo, alegría, tristeza, sorpresa, enojo, simpatía, ira; cualquier relación del hombre con el mundo que lo rodea se subraya y va acompañada por la extensa gama de las emociones. Incluso mientras todavía está en el útero materno, el niño ya siente emociones al establecer esa irrepetible relación afectiva con su mamá. En definitiva, éstas no son más que reacciones a estímulos bien precisos que almacenamos a través de nuestros cinco sentidos, los cuales ya empiezan a desarrollarse en el útero materno.

El pequeño oye los ruidos procedentes del exterior antes de nacer, y también se da cuenta si la mamá está inquieta o cansada, pues toda emoción provoca una alteración en el ritmo del corazón, obligado a bombear más sangre. En consecuencia, aumenta la presión, que el pequeño percibe esencialmente como variaciones en el flujo de sangre que llega hasta la placenta. Las emociones de la mamá también pueden influir en el crecimiento psíquico del niño cuando son recurrentes, pues el feto las "memoriza" durante los nueve meses del embarazo e incluso está en condiciones de compararlas, aunque no comprenda su significado.

EL ESTRÉS MATERNO NO INFLUYE

A pesar de constituir una sola cosa con la mamá, incluso mientras todavía sigue estando en el útero materno, el pequeño ya empieza a estructurar lo que los especialistas han definido como el "yo corpóreo". Esto significa que se identifica como persona física, percibe los contornos de su propio cuerpo y capta las señales externas a través de sus cinco sentidos.

Para comprenderlo bastará con tener en cuenta que si la mamá o el papá aprietan varias veces el abdomen, el pequeño "aprende" a ejercer una contrapresión que no es otra cosa que una respuesta, un primer intento de contacto y relación. Por lo tanto podemos afirmar que el pequeño es extremadamente sensible a las emociones de la mamá. Pero esto no significa que herede su estado emotivo; si ella está inquieta durante los meses de espera, el niño no tendrá forzosamente que estarlo después de haber nacido.

El verdadero riesgo de un embarazo demasiado marcado por la emotividad, en el que los momentos de tranquilidad y agitación se alternan con demasiada frecuencia, estriba en que el pequeño no logre desarrollar un sentimiento de seguridad, ya que también en el útero el niño necesita tener experiencias estables, que pueden ser pocas, siempre y cuando sean repetitivas.

MIEDO Y ALEGRÍA DURANTE EL PRIMER AÑO 

El proceso de construcción de las emociones que se ha iniciado en el útero materno continúa después del nacimiento, pero asumiendo ahora contornos más precisos. El niño siente dos emociones bien claras y distintas: miedo y alegría.

Sin embargo, el pequeño siente los cambios del mundo exterior de una manera más primitiva e inmediata que el adulto, ya que para él tanto la alegría como el miedo son experiencias dramáticas, muy vivas e intensas, debido a que aún no está en condiciones de utilizar correctamente las sensaciones que ha memorizado con anterioridad. En el pequeño las emociones actúan como un impulso a nivel físico; si, por ejemplo, está cansado o intranquilo, difícilmente se pondrá a llorar de inmediato como haría un adulto.

Al principio siente un dolor físico (como el dolor de estómago o una crisis de vómito) que después desencadena el llanto. También la alegría es sentida por el pequeño sobre todo a nivel físico, vivida por él como un estado de bienestar general que afecta a todo su cuerpo.

De todas formas, el miedo y la alegría van estrechamente unidos a la relación que el niño tiene con su mamá y al instinto de supervivencia. El miedo no es otra cosa que la reacción ante los peligros que puedan privarlo de la mamá. La alegría deriva de una satisfacción física que alcanza su máxima expresión después de la lactancia, cuando el pequeño ya no advierte el estímulo del hambre.

SE EXPRESA COMO LOS MAYORES

Después de los ocho primeros meses de vida, la gama de sensaciones comienza a aumentar. Aparece por ejemplo la ira, una respuesta inmediata relacionada con su instinto de conservación. Con ella el niño se opone a lo que amenaza su seguridad y su mundo de afectos.

La ira, que se caracteriza por la presencia de una fuerza de voluntad con la cual el niño procura modificar una situación que no le gusta, ya implica una emoción mucho más compleja.

UN CONTACTO ANTES DEL PARTO

El oído. Se ha demostrado que desde las 28 semanas de edad gestacional el bebé es capaz de captar del medio externo diversos sonidos ya que el líquido amniótico que lo rodea, transmite muy bien los sonidos, de tal manera que esto ha llevado a lo que hoy conocemos como "estimulación auditiva intrauterina".

Aquí el principal factor para esta estimulación es la música, principalmente del violín. Para que el bebé, dentro del vientre, capte los sonidos se necesita que la intensidad de éste, sea de 60 decibeles aproximadamente.

LOS CINCO SENTIDOS: UN CONTACTO CON EL MUNDO INCLUSO ANTES DEL PARTO

Las emociones que el pequeño siente mientras aún permanece en el útero materno se deben, sobre todo, al desarrollo de los cinco sentidos, que ya comienzan a recibir los estímulos externos. 

  1. El tacto. Es el primer sentido en desarrollarse. La zona más sensible es la que se encuentra alrededor de la boca, fundamental para la succión y, por lo tanto, para la supervivencia del pequeño. A partir de la octava semana de vida intrauterina, el pequeño se aparta si el cordón umbilical lo roza. Si toca algo con la mano, abre instintivamente la boca.
  2. El oído. Hacia finales del primer mes de embarazo, el pequeño ya percibe los ruidos exteriores, empezando a reconocer y a memorizar los sonidos a partir de la 28ª semana. En este período se completa el desarrollo de su nervio acústico, que comunica el oído con el cerebro. El pequeño "oye" sonidos familiares que lo tranquilizan, como el latido del corazón de la mamá y el flujo de su sangre. 
  3. El olfato. Entre la 17ª y la 18ª semana de embarazo, el niño ya está en condiciones de percibir los olores, pues durante este período acaba de desarrollarse su nervio olfativo, que tiene la misión de transmitir los estímulos de la nariz al cerebro. 
  4. El gusto. Se activa entre la 13ª y la 18ª semana, o sea, cuando se forman las papilas gustativas, que son pequeños relieves distribuidos por toda la lengua. Encima de las papilas se encuentran los receptores, capaces de reconocer los distintos gustos. Los primeros receptores que entran en funcionamiento son los encargados de reconocer el sabor dulce. 
  5. La vista. El pequeño sólo reacciona a los estímulos luminosos a partir del sexto mes de embarazo, o sea, en el momento de abrir los ojos por primera vez. Pero los órganos de la visión se forman antes, pues el nervio óptico, que se encarga de transmitir las imágenes al cerebro, ya entra en funcionamiento durante las primeras semanas de vida del pequeño.

El niño comienza a mover los ojos a partir de la 15ª, aunque siga teniendo los párpados todavía cerrados. A partir de la 33ª semana ya distingue los contrastes entre los blancos y los negros.

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